
Pero si tuviera que elegir un color para definir la ciudad ése sería, sin duda, el azul. El azul del cielo, que, pese al intenso y caótico tráfico que soportan sus calles, carece de la boina de contaminación que sufren otros sitios como Madrid, un cielo que refulge con una intensidad celeste. Pero, sobre todo, el azul de los edificios vanguardistas de la avenida Francisco de Miranda, por donde casi a diario he caminado sin descanso durante estos últimos doce meses. El azul de los vidrios, el azul metalizado con que se construyeron esos edificios en los años 50 cuando Caracas y Venezuela eran tierras de inmigrantes, cuando los españoles y los portugueses venían en busca de un futuro mejor y un dinero que no encontraban en sus lugares de origen. Esas construcciones entre futuristas y funcionales, que podrían estar ubicadas en cualquier ciudad moderna del mundo –Nueva York, Londres, Madrid– me han entusiasmado desde el primer día en que llegué aquí, y con ellas me quedo y con ellas me voy.

Cuánto hemos aprendido con tus narraciones de este país.
ResponderEliminarGracias por haber no lo enseñado.
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Gracias a ti por haberlas seguido con tanta pasión... Nos vemos muy pronto!
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