viernes, 9 de julio de 2010

Calles con nombres

Por fin un lugar en Venezuela donde las calles, las avenidas y las plazas reciben nombres que nada tienen que ver con la revolución y los padres libertadores de la patria (Bolívar, Sucre, Francisco de Miranda, Urdaneta), y que van más allá de la simpleza que reina en el centro de Caracas donde el trazado de la ciudad se divide en calles horizontales, que son las transversales, y calles verticales, que son las avenidas (primera, segunda, tercera, etc).

Para diferenciar unos lugares de otros, se incluyen los puntos cardinales (este, oeste, norte y sur), pero (¿cómo explicar esto?) no son las calles las que llevan los nombres, sino las esquinas, de manera que cuando das una dirección tienes que darla de esquina a esquina. Además, por lo general, los números de las calles son poco frecuentes. Esto es un horror, porque cuando agarras un taxi y le das la indicación al conductor, la conversación suele ser bastante absurda y siempre pasa por las mismas fases:
  1. Mirada ausente del conductor en el espejo retrovisor.
  2. Interludio de cinco segundos en que su cerebro digiere la indicación.
  3. Puesta en marcha del coche.
  4. Y, por último, la pregunta de rigor: pero eso ¿dónde está?
Entonces hay que recurrir a unas indicaciones bastante pedestres pero muy funcionales: ¿sabe usted dónde está la cafetería Danubio? ¿Y el Sambil? ¿Y la torre Banca Corp? ¿Y el taller de la Firestone? ¿Y el club de The Pleasure´s Girls? Pues ahí al ladito vamos… (A veces, ni por esas.)

Ahora, en el estado de Anzoátegui, hay un gobernador que está inaugurando plazas, calles y avenidas con nombres del mundo de la cultura y las artes, como “homenaje a cantantes y autores universales que han luchado en pro de la liberación espiritual de la gente”. Así, puedes pasear por las plazas de Arthur Rimbaud, la de Federico García Lorca y la del “Che” Guevara (inevitable), pero también por las de Bruce Springsteen y la de Neil Young. Ahora hay que tener esperanza de que los lugareños se aprendan el nombre de esos sitios para que cuando cojas un taxi sepan, por lo menos, adónde quieres ir.

miércoles, 7 de julio de 2010

Histórico

¡¡¡¡España en la final de un Mundial!!!! Sin palabras... Hoy en Caracas los españoles la montamos parda... Qué elegancia, qué manera de jugar, qué espectáculo... Pase lo que pase el domingo, hemos hecho historia. ¡¡¡¡Arriba España!!!!

San Fermín

Pues eso, en la distancia y fuera del país, como que uno vive más las fiestas patrias. Lo mismo me voy a la embajada española y les propongo montar los encierros en las calles de Caracas. ¡Viva San Fermín!

martes, 6 de julio de 2010

Perfil de Huguito

Huguito es corajudo y bravucón. Para unos, Huguito es un búfalo desatado, un gorila rojo, pura sangre brava. Para otros, un militarote, un populista, un histrión. Todos, sin embargo, coinciden en que Huguito es socialista, feo y libertador.

Huguito ha leído a Marx, o eso dice, y se ha estudiado la vida y milagros de Simón Bolívar, el padre de Venezuela y, por ósmosis, de toda Latino América. Huguito es un militar de clase humilde, enardecido revolucionario y fervoroso creyente. Huguito invoca el manifiesto comunista y la vigencia de la fe en la Milagrosa. Para Huguito, Jesucristo, el primer socialista.

A Huguito le gustan los mapas, por eso cuando sale en la televisión siempre va con uno. Hay quien sostiene que Huguito se pierde por los mapas, los mapas políticos, sí, los del cole, esos inocentes mapas que siempre agarra con una mano mientras los emborrona con un rotulador rojo, Huguito siempre tan simbólico. “Mete zoom”, le dice Huguito al camarógrafo. “Figúrense, mis panas, aquí está Maracaibo”, dice señalando un punto en el mapa, “lo que hay que hacer es venir por aquí y a la que venimos tenemos que exportar cemento a Caracas y, de esta forma, aprovechamos los viajes del barco”, remata ufano, alumbrado por una sabiduría divina, Huguito. Una voz, la del ministro Diosdado, ubicuo donde los haya, farfulla: “En Caracas ya hay cementera, mi comandante”. Huguito se encabrona un poco: “Yo sólo doy la idea, Diosdado, yo la lanzo y ustedes la desarrollan”. Todos aplauden. Huguito es un iluminado.

Huguito es como un niño grandón, se encabrona con pasmosa facilidad si se le lleva la contraria, bufa como un mamut. Huguito pasó por la milicia, conspiró en torno al Samán de Güere y protagonizó un golpe de estado y un breve exilio en las islas venezolanas. Ahora Huguito es presidente de la República y sale en la tele con sus mapitas, tan cándido, tan de andar por casa, tan desvalido que ninguno de sus asesores se atreve a llevarle la contraria o es que, acaso, los asesores saben menos que Huguito. Cada vez que acaba su discurso, ante la plebe encendida, Huguito se repite como un mantra: “Hasta la victoria siempre”. Los demás le replican: “Venceremos”.

lunes, 5 de julio de 2010

Motorizados

Probablemente Caracas tenga uno de los tráficos más caóticos del mundo. A falta de señales verticales y semáforos (que cuando los hay son meramente simbólicos), es la única ciudad que yo conozco en la que los peatones tienen que ceder el paso a los coches. Si, parado en un paso de cebra, osas adelantar un pie o amagar con cruzar, como hacemos los europeos con la solvencia que te da saber que los coches se pararán ante tu mera presencia, aquí corres el serio riesgo de ser arrollado sin contemplaciones, y hasta es posible que los coches que vengan detrás, por solidaridad con el primero, te rematen a placer.

Pero de entre toda la fauna que puebla las calles y carreteras de Caracas, los motorizados son los que se llevan la palma. Yo distingo al menos tres tipos: los motorizados siniestros, los familiares y los mototaxis.
Los primeros son los más numerosos, es el parque mayoritario, y todos van iguales: a lomos de sus Suzukis de 125 (que ellos equiparan, en su imaginario particular, a las todopoderosas Harleys), van engalanados con cascos negros, lo que en España llamaríamos quitamultas, que les dan un aire como de militar alemán de la primera guerra mundial, lucen gafas oscuras de macarras y, en el mejor de los casos, chupas de cuero negra, sin ningún tipo de protección o refuerzo.

Los motorizados familiares, sin embargo, son los más entrañables. Va toda la familia subida en la moto, generalmente sin casco, el padre conduciendo, la madre atrás y el niño o niña ensartado en el medio, para que no se caiga. Si hay más de un vástago, pues más apiñaditos van. El alarde creativo y la capacidad de encajarse como piezas de un puzzle imposible no tienen límites. Una vez, en plena autopista, vimos una familia completa: padre, madre, niño y perro incluido, un simpático cocker que llevaba las orejas al viento y que nos miraba con cierta complacencia. Este grupo no suele llevar casco y si lo lleva suele ser de esos que nosotros utilizamos para montar en bici.

Y, por último, están los mototaxis. Los encuentras en cualquier sitio, gritando a voz en cuello: “Moto, moto, mototaxi”. Son los amos de la carretera. Te llevan a cualquier lado de Caracas a la velocidad del rayo, tocan el pito constantemente para que les cedan el paso, se suben por las aceras, toman calles en dirección prohibida, carriles de la autopista en sentido contrario, arcenes, etc. Al parrillero, que es el “paquete”, esto es, el cliente, le dejan un casquito bastante usado, nada higiénico, tipo general Rommel en las campañas del Áfrika Korps, pero está tan guarro que si te lo pones es probable que pierdas el pelo.

Debido al caótico tráfico de la ciudad y a los constantes embotellamientos, una normativa autorizó a las motos hace unos años a apropiarse de las carreteras y las calles de Caracas. Los carros deben cederles el paso, y pobre de ti como no lo hagas, son capaces de bajarse en manada y darte tu merecido por ser tan poco civilizado.

viernes, 2 de julio de 2010

Día del orgullo

Sirva esta foto que hice en San Francisco para reivindicar el día del orgullo gay. No es una cuestión de mera corrección política, sino de pura convicción en la libertad individual. Si en España estamos a años luz de desarrollar y favorecer una normalidad en este sentido, no os quiero contar el machismo (¿y la homofobia?) imperante en Venezuela, donde lo macho, lo varonil, la hombría consiste en pavonearse con solícitas mujeres de pechos inflamados y cualquier cosa que no sea eso está mal visto. Pues eso, a disfrutar de las fiestas de Chueca que nosotros no podemos.

jueves, 1 de julio de 2010

Los mapas de Hugo

Debo reconocerlo. Estoy enganchado a Aló, Presidente. Sí, no lo puedo evitar. Cada vez que puedo, me meto dosis y dosis de programa, como si fuera una droga, y ahí me quedo, contemplativo y extasiado al principio, exhausto y atontado después. Hay quien se engancha al Diario de Patricia o la Ruleta de la Fortuna o al canal de Playboy. Yo me desvivo por Aló, Presidente.

Todo empezó un buen día, lo probé un poquito y no me convenció, me hizo torcer el gesto, arrugar los ojos, escupir como si hubiera masticado comida pasada. Pero después le cogí el gustillo, me quedaba subyugado ante aquel torrente discursivo del presidente (que algunos, maliciosamente, llaman diarrea dialéctica), sus palabras altisonantes preñadas de Mayúsculas (la Justicia, la Revolución, la Oligarquía, Bolívar, el Capitalismo), sus anécdotas pintorescas, como si las estuviera contando en la lunchería de la esquina (su colesterol, sus hijas, su infancia en la planicie de los llanos venezolanos, su pasión por el cante y la pintura, y el beisból, y el sofból, y el basquetból, todo muy acentuado en la última sílaba).

Su poder de atracción es como el de cualquier otra droga. El que fuma o ha fumado sabe de qué le hablo. El que tiene algún vicio me comprende. Es cierto que después de media hora de programa ya no sabes de qué te está hablando, pero no importa. Su longitud y su verborrea son directamente proporcionales al atolondramiento que te produce, qué placer, Dios mío.
Después de varios meses, en los que he intentado desengancharme (he buscado consejo en los venezolanos, en los españoles, en los bartenderos o mesoneros, en el descreído monitor de mi gimnasio, pero nada), he descubierto que lo que más me gusta es la estética del programa, tan descuidada, tan cutre, tan de andar por casa. Algunos, maliciosamente, la llamarían kitsch o retro. Pero yo no.

Me deleito cuando el presidente sale con un fondo de barcos a punto de hundirse, de chabolas humildes o de centrales eléctricas a medio construir, sentado ante un pupitre de colegio, con sus folios revoloteando por las corrientes de aire, que tiene que prensar con piedras o cantos rodados para que no se le vuelen. Pero lo que más me tiene “cogido” es esa estampa entrañable del presidente cuando aparece con sus mapitas geopolíticos, igualitos a los que usábamos en el cole, señalando aquí y allá por toda la geografía venezolana con su rotulador rojo o su lápiz con goma de borrar –ah, qué recuerdos– y entonces se pone a ilustrar a la audiencia que se amontona no sólo delante del querido mandatario, sino también ante los televisores, ya que todas las cadenas están obligadas a retransmitir el maravilloso programa de Aló, Presidente.

Hablando con el más sabio de los venezolanos que conozco, el camarero que me sirve las arepas de la mañana, he llegado a la conclusión de lo que hay que hacer para salir del vicio y acabar con el mono: apagar el televisor. Pero, por más que lo intento, ahí sigue apareciendo Huguito, con sus mapas y sus rotuladores, y entonces, sin remisión, atrapado por una salmodia irrefrenable, me dejo arrastrar y caigo de nuevo en el vicio, ojeroso y abotargado, pero feliz y sin parar de reír.