
–¿Saben una cosa? –pregunta bajando la voz y adelantando el cuerpo hacia nosotros. No quiere que le oigan los venezolanos que van en el vuelo–. Llevo doce años viniendo a Caracas y nunca, en todo este tiempo, he salido del hotel. Es una ciudad que ha ido de mal en peor, y no tengo el menor interés en ver nada… Es tan insegura –dice dejando resbalar su mirada por los asientos delanteros del avión, como para asegurarse de que en efecto nadie le está escuchando-, es quizá la peor ciudad de toda Latinoamérica, al menos para mí.
Después nos sigue contando cosas de otros lugares: Río de Janeiro, Buenos Aires, La Habana, Santiago de Chile y haciendo comparaciones entre unos y otros. Cuando nos despedimos, nos desea mucha suerte con su tono serio, rígido y muy profesional.

-Madre mía, esto está desahuciado.
Sin embargo, esta vez a mí no me impresiona tanto. Se ve que uno se habitúa incluso a lo destartalado y a la aridez de la miseria. Es más, noto ciertas mejoras (eso sí, en el centro de la ciudad, no en los barrios): han surgido obras nuevas, están remozando calles, han puesto semáforos en los cruces imposibles, están podando las frondas de los mangos, pintando los pasos de cebra, adoquinando algunas aceras, coloreando las fachadas de las barriadas con los colores de la bandera nacional. Después de todo, hay elecciones en un par de semanas y, como ocurre en todos los sitios, hay que ganar votos hasta el último momento. Una buena forma de hacerlo es, como siempre, recurrir al barniz de lo superfluo y lo accesorio.
Para que luego te quejes de que no hay aceras? y recién remodeladas con sus pasos de cebras y todo.
ResponderEliminarF
Te veo cotilleando por los colegios electorales... Mejor verlo por la tele, que esta vez lo mismo acabas en la carcel...
ResponderEliminarDisfruto mucho de tus crónicas.
ResponderEliminarUn abrazo.
Merce
me encanta la ciudad de caracas.....Me quiero ir a vivir para aya
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