El 5 de febrero de 2010 Venezuela se enfrentaba a México en la Serie del Caribe de béisbol, en el estadio Guatamare de Nueva Esparta. Aquel día, Miguel Hernández (que no tiene nada que ver con el poeta alicantino), mecánico de 49 años, residente en Margarita y padre de familia, decidió ir al estadio vistiendo una camiseta con un mensaje que parecía sacado de un poema de Bukowski: “Me cago en la revolución”. Ese día, la Guardia Nacional, ese simpático y amable cuerpo al servicio del Estado, lo apresó, un fiscal lo llevó a un tribunal y un juez lo condenó a presentarse cada 30 días en las dependencias de la comisaría más cercana. Ayer se supo, además, que el mes que viene empezará un juicio contra el humilde Miguel Hernández, que sin ser poeta aquel día se sintió traspasado por las musas y ahora está pagando los excesos de su arte.El Ministerio Popular considera la franela como una “ofensa a los jefes de gobierno, lo que está tipificado en el Código Penal” y, por ello, ese padre de familia, casi poeta, será enjuiciado sin más dilación. “Yo no quise ofender a Hugo Chávez, sólo dije lo que pienso. Yo, a esta revolución, no la quiero, no me gusta y lo voy a decir aquí y donde sea”, se defendió ante los micrófonos de la prensa. Y esbozó una última poética: “En esta revolución todo es posible, pero con el miedo no se forja el futuro. Si tenemos miedo de decir lo que pensamos, ¿qué país le vamos a dejar a nuestros hijos?”.






Ya me gustaría a mí y a todos los españoles que viajamos a Venezuela tener el poder mediático que tiene el proselitista embajador venezolano para difundir las aberraciones, las degradaciones, el temor, el estado dictatorial y el clima de acojone que imponen los militares de la Guardia Nacional en el aeropuerto de Maiquetía, donde que se lleven tu pasaporte durante no quince sino treinta minutos, que te interroguen sistemáticamente presumiendo que eres culpable, que te amenacen con ir a prisión, que te saquen del aeropuerto y te lleven a un hospital a hacerte radiografías, que te bajen a un hangar donde te revisan la maleta y luego aparece una persona que no estuvo presente durante el registro y afirme que ha sido testigo de que no te han metido nada en la misma y firma un documento sosteniendo tal cosa, un aeropuerto donde las patrullas de niñatos vestidos con uniformes verde oliva y metralletas de repetición es el panorama común, donde los viajeros tienen que mirar al suelo y evitar cruzarse con las miradas acusatorias de esos militarotes revolucionarios de tres al cuarto, donde las mujeres que viajan solas son acosadas permanentemente y llevadas a cuartos donde se les revisa el equipaje una y otra vez, donde te sacan la cartera y te manosean los billetes y hacen como que se los van a quedar, donde te huelen (no los perros, sino los militares) los libros que llevas y los zapatos y la ropa interior, donde te hurgan los champús y los geles con el primer plástico que se encuentran en el suelo para ver si llevas droga en los envases, donde todas estas cosas son el pan nuestro de cada día, ahí, me hubiera gustado ver al embajador de Venezuela en España. No me imagino qué hubiera dicho si hubiese sufrido el trato que recibimos los españoles cuando viajamos a su país. 
El día a día de la isla para un visitante es muy sencillo: llegas a la posada, el posadero te prepara una cava (una nevera) con comida y aperitivo para pasar el día en alguno de los cayos cercanos, luego vas al muelle, tomas una embarcación a motor y te trasladan al islote que tú elijas, siempre dependiendo de los pronósticos del tiempo: Madrizquí, Francisquí, Noronsquí, Crasquí, Cayo del Agua, etc. Una vez que te dejan allí, las opciones son: tumbarse al sol, bañarte en sus increíbles y templadas aguas azul celeste, hacer snorkel, bucear o recibir clases de kite-surfing. Pasas el día entero en el cayo y, al regreso, ya al anochecer, lo mejor es irte a alguna de las terrazas medio hippies que hay en la playa a tomarte algo mientras observas la espectacular puesta de sol y esperas, sin prisa y con toda la calma del mundo, a que preparen la cena para, después, irte a dormir.
Claro que no todo fue tan idílico: el último día nos tocó vivir los coletazos del huracán Thomas y la travesía desde Francisquí hasta el Gran Roque fue de película de terror: estábamos en un cayo donde la única construcción “firme” era un chiringuito de madera que temblaba con cada golpe de viento; vinieron a buscarnos en una lancha en la que no había chalecos salvavidas para todos y, cuando salimos hacia el Gran Roque, el temporal nos cogió en mitad del mar; la lluvia caía a ráfagas laterales, violentamente, y las olas (en un sitio donde casi nunca las hay) alcanzaron los dos metros. No pudimos llegar al muelle, así que nos dejaron en la otra punta de la isla, junto a la pista del aeropuerto y tuvimos que caminar más de veinte minutos (no porque la posada estuviera lejos, sino porque el viento no nos dejaba avanzar) hasta llegar, totalmente empapados, a nuestra posada. Para colmo, cuando llegamos no había luz ni agua caliente, pero menos mal que el posadero tenía un generador independiente y pudimos ducharnos sin problemas. Pasamos el resto del día en la posada, viendo el partido del Inter de Milán, tomando cafés y leyendo repanchingados en la chaise-longue de la terraza.