lunes, 6 de diciembre de 2010

Los Próceres

Con la idea de hacer una especie de Campo de los Elíseos se construyó el Paseo de los Próceres en Caracas en los años 50. Este paseo, que tiene una distancia de más de dos kilómetros de largo, es un homenaje a los padres de la patria de Venezuela, quienes consiguieron su liberación e independencia en cuatro batallas decisivas: la de Carabobo, la de Ayacucho, la de Boyacá y la de Pichincha. Está ubicado al sur de la ciudad, a continuación de la Universidad Central de Venezuela, en la estación de metro Los Símbolos, y está al lado del Fuerte Tiuna, el complejo que alberga la Academia Militar de Venezuela, y que constituye una de las dos residencias de Chávez. La otra es el Palacio de Miraflores.

Aquí es donde se celebran los imponentes desfiles militares, donde se concentran los partidarios del gobierno y donde se conmemoran los grandes momentos de exaltación patriótica. Los fines de semana es frecuente ver a familias paseando, ciclistas, patinadores y corredores ejercitándose en los aledaños del Paseo.

El Paseo de los Próceres impresiona, sobrecoge por su amplitud y magnificencia, sus fuentes como espejos acuáticos, las esculturas, copas y copones que recuerdan el período helenístico, en el que se basó el dictador Pérez Jiménez para resaltar su doctrina del Nuevo Ideal Nacional, los jardines y elementos barrocos, las gradas para el público asistente y, sobre todo, los cuatro monolitos y estatuas de mármol blanco y negro que exaltan a los héroes que independizaron la nación: Bolívar, Páez, Arismendi, Sucre, Miranda, Urdaneta, etc.

sábado, 4 de diciembre de 2010

La justa guerra

Así representa el gobierno la opresión del pueblo venezolano por parte de los españoles hace más de 200 años en este mosaico que encontramos en el Paseo de los Ilustres: aguerridos y brutos soldados españoles que, en nombre de la Iglesia y sus símbolos, oprimieron y esclavizaron a los indígenas caribes, mediante la fuerza de sus lanzas y espadas, el uso de las hogueras y los incendios, y la esclavitud de las familias indefensas. Todo ello en nombre de un decreto colonial que portan dichos militares, como se puede ver en el pliego que lleva uno de ellos: “La justa guerra. Requerimiento”.

La Historia es la que es, y los españoles fuimos atroces con los pueblos adonde llegamos, como lo fueron otras metrópolis y otros países con sus colonias. Pero lo que me llama la atención es que, doscientos años después, aún sigan utilizando esta simbología de la opresión para galvanizar a un pueblo que pretende luchar contra el imperio y los nuevos colonizadores del siglo XXI. Es como si en España los políticos intentaran motivarnos con iconos e imágenes de nuestra resistencia a los franceses en la guerra de la independencia de 1808.

viernes, 3 de diciembre de 2010

La Estancia

En medio del bullicio permanente de Caracas, en plena avenida Francisco de Miranda, hay una hacienda de café con más de 220 años de antigüedad que fue propiedad de la familia de Simón Bolívar hasta 1895. La Estancia es hoy un reducto cultural de PDVSA, la petrolera estatal venezolana, que alberga un museo con obras de artistas autóctonos y exposiciones temporales en las que el gobierno aprovecha para hacer algo de proselitismo ideológico, a través de tres corrientes artísticas: el diseño industrial, el diseño gráfico y la fotografía.

El día que nosotros vamos está nublado y medio lloviznando, con lo que resulta una buena opción para ver la exposición que contiene. Se trata de la historia del petróleo de Venezuela y de la OPEP, la Organización de Países Exportadores de Petróleos, ese conglomerado de pueblos dispares unidos por el oro negro que, cuando las cosas les van mal, se dedican a presionar los precios al alza para fastidio del resto del mundo. La exposición tiene un marcado cariz ideológico, contraponiendo en todo momento la gestión y la explotación del petróleo antes y después de la revolución bolivariana.

Lo más interesante, sin embargo, es la historia de La Estancia y su entorno: sus edificaciones de estilo colonial, sus caballerizas, sus patios amplios, sus grandes ventanales de madera, sus galpones donde se conservaba el grano y, por supuesto, sus esplendorosos jardines que rodean la finca. Pero también los sótanos y los túneles que comunicaban la hacienda con el resto de la ciudad, de norte a sur y de este a oeste, donde, según nos cuentan, vivían y morían los esclavos, en esas oquedades subterráneas, húmedas y más bien atroces.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Escaparates navideños

Así son los escaparates navideños de Caracas: gorros de Papá Noel combinados con bikinis para el calorcito del Caribe. Todo un mundo de contrastes.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Perrocalenteros

Los perrocalenteros son una institución gastronómica de Caracas. Están esparcidos por toda la ciudad, en todas las esquinas. Sus salchichas retozan en las planchas vapuleadas a la espera de ser acompañadas por las papas fritas, el repollo o el queso rallado, y sus botes de salsas son de lo más variopinto: mayonesa, kétchup y mostaza, claro, pero también salsa de soja, de ajo, tártara, refrito criollo, guasacaca, rosada y picante, entre otras. Impresiona ver las docenas de huevos apelotonadas unas encima de otras. Por supuesto, nada de refrigeración, nada de conservación en frío y todos esos melindres del mundo del más allá, el de los escuálidos capitalistas que se la cogen con papel de fumar. Ni siquiera los permanentes treinta grados que hay a mediodía los hacen recular en sus costumbres higiénicas.

Los perritos calientes son la devoción de los caraqueños. Los grupos de desaforados clientes se agolpan a la hora de comer (y en realidad a cualquier hora) ante los maestros perrocalenteros. Suele haber tres o cuatro dependientes en cada puesto, y en muchos casos, doy fe, no dan abasto. El puestecito, que tiene su toldito –eso sí–, debe medir tres metros o así de largo, de manera que cada vendedor se debe apañar en poco menos de un metro, lo que da idea de sus habilidades y destrezas en el arte de tan suculenta comida callejera.

Los perritos calientes son baratos y, por muy asombroso que resulte, hay puestos en los que al pagar tienes que dar tu nombre, tu cédula de identidad y tu número de teléfono (como se hace en la inmensa mayoría de los comercios del país) para que puedan hacerte tu factura. Ellos, al final del año fiscal, deben presentarla ante el Seniat, su agencia tributaria. De vez en cuando los propietarios de los puestos –el Cuñao Fast Food; el carrito Mini Lunch; la Salchicha Speedy– protestan porque se consideran “mercado informal” y, dado el cariz de la revolución, deberían tener por deferencia un mejor tratamiento fiscal que el resto, ya que el perrito caliente (o hot dog, como lo llaman los imperialistas yanquis) es una institución culinaria tan venezolana como puedan ser las cachapas o las arepas.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Maza Zavala

Tenía el encorvamiento propio de su edad, el de sus 88 años, unas manos huesudas que movía con mucha parsimonia, tan lentamente como expresaba sus pensamientos y sus opiniones. Su nariz era protuberante y sus orejas grandes, el cráneo, prominente, y su mirada, conciliadora. Te recibía en mangas de camisa, una camisa blanca que dejaba trasparentar debajo una camiseta de algodón de tirantes. Sentado delante de su escritorio, con la inmensa biblioteca al fondo, te recibía con un “¿Cómo está, colega?”.

Fue economista, director del Banco Central de Venezuela antes y durante el gobierno de Chávez, miembro de la Real Academia de Ciencias Económicas, profesor universitario, diputado, periodista, columnista, autor de libros de historia económica y socialista convencido. Lo conocí una mañana del mes de marzo en su casa de Los Caobos, cerca de la Plaza de Venezuela. Le hice una entrevista que duró casi dos horas, y opinó sin pelos en la lengua sobre el gobierno, sobre Chávez, sobre sus políticas económicas, sobre el disparate que se estaba llevando a cabo en nombre del socialismo marxista, del que él se consideraba un estudioso y un entusiasta. Fue crítico con el capitalismo de occidente y se declaró autor de poemas y relatos que guardaba para sí. Me pareció un hombre íntegro, honrado, sencillo, intelectualmente vigoroso. Domingo Felipe Maza Zavala murió hace unos días en su casa de Caracas, mientras trabajaba con denuedo en sus artículos semanales y atendía todo tipo de peticiones de periodistas a los que saludaba con un “¿Cómo está, colega?”.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Salvador Garmendia

Siempre he sentido una atracción especial por los escritores marginales, aquellos que a fuerza de lucha, tesón y constancia lograron salirse con la suya: inmolar su vida a la literatura a pesar de las adversidades personales. Uno de estos escritores es Salvador Garmendia, un fabuloso cuentista venezolano que es casi desconocido en nuestro país.

Salvador Garmendia nació en Barquisimeto, en el estado de Lara, en el año 1920 en el seno de una familia de recursos escasos. Desde muy joven padeció problemas respiratorios, hasta que a los quince años de edad le diagnosticaron una tuberculosis que le postró en cama durante mucho tiempo. Fue en aquella época cuando leyó La montaña mágica, de Thomas Mann, y las aventuras del joven Hans Castorp –también tuberculoso, que intenta curarse en el sanatorio Berghof de Davos– le causaron una profunda impresión: “Ésa era mi situación –cuenta en una entrevista–, todo lo entendía: la tos de Hans, el sanatorio. Fue tremendo. Además, daba la casualidad de que mi abuelo, Ezequiel Garmendia, se murió en Suiza, víctima de la tuberculosis. Murió en ese sanatorio y lo enterraron ahí, en ese cementerio”.

Garmendia pasó tres años en cama y cuando quiso reincorporarse a la vida cotidiana, su tren había pasado: no pudo ir al instituto ni tampoco a la universidad. Tenía siete hermanos y un padre que los dejó abandonados. Con estos mimbres, el joven decidió marcharse a Caracas y comenzó a ganarse la vida como pudo, malviviendo en cuartuchos de pensiones inmundas. Escribió para revistas, hizo guiones para los seriales radiofónicos y para el cine. Entretanto fue escribiendo sus más de 400 cuentos, cuentos fantásticos, poéticos, urbanos, todos ellos finas exploraciones sobre la inadaptación y el fracaso, como los que se recogen en el libro No es el espejo, publicado por Alfaguara.

En 1972, recibió el Premio Nacional de Literatura y en 1989 obtuvo el Premio Juan Rulfo por el cuento “Tan desnuda como una piedra”. Escribía porque necesitaba responder a un íntimo impulso de escribir, porque creía que estaba obligado a expresar determinada realidad, a indagar en la memoria colectiva y personal. Fue colaborador del periódico El Nacional y director de varias revistas, y al final de su vida murió completamente ciego por culpa de una diabetes voraz y por un cáncer de garganta que lo fue devorando sin compasión durante los dos últimos años de su existencia.