miércoles, 24 de noviembre de 2010

Salvador Garmendia

Siempre he sentido una atracción especial por los escritores marginales, aquellos que a fuerza de lucha, tesón y constancia lograron salirse con la suya: inmolar su vida a la literatura a pesar de las adversidades personales. Uno de estos escritores es Salvador Garmendia, un fabuloso cuentista venezolano que es casi desconocido en nuestro país.

Salvador Garmendia nació en Barquisimeto, en el estado de Lara, en el año 1920 en el seno de una familia de recursos escasos. Desde muy joven padeció problemas respiratorios, hasta que a los quince años de edad le diagnosticaron una tuberculosis que le postró en cama durante mucho tiempo. Fue en aquella época cuando leyó La montaña mágica, de Thomas Mann, y las aventuras del joven Hans Castorp –también tuberculoso, que intenta curarse en el sanatorio Berghof de Davos– le causaron una profunda impresión: “Ésa era mi situación –cuenta en una entrevista–, todo lo entendía: la tos de Hans, el sanatorio. Fue tremendo. Además, daba la casualidad de que mi abuelo, Ezequiel Garmendia, se murió en Suiza, víctima de la tuberculosis. Murió en ese sanatorio y lo enterraron ahí, en ese cementerio”.

Garmendia pasó tres años en cama y cuando quiso reincorporarse a la vida cotidiana, su tren había pasado: no pudo ir al instituto ni tampoco a la universidad. Tenía siete hermanos y un padre que los dejó abandonados. Con estos mimbres, el joven decidió marcharse a Caracas y comenzó a ganarse la vida como pudo, malviviendo en cuartuchos de pensiones inmundas. Escribió para revistas, hizo guiones para los seriales radiofónicos y para el cine. Entretanto fue escribiendo sus más de 400 cuentos, cuentos fantásticos, poéticos, urbanos, todos ellos finas exploraciones sobre la inadaptación y el fracaso, como los que se recogen en el libro No es el espejo, publicado por Alfaguara.

En 1972, recibió el Premio Nacional de Literatura y en 1989 obtuvo el Premio Juan Rulfo por el cuento “Tan desnuda como una piedra”. Escribía porque necesitaba responder a un íntimo impulso de escribir, porque creía que estaba obligado a expresar determinada realidad, a indagar en la memoria colectiva y personal. Fue colaborador del periódico El Nacional y director de varias revistas, y al final de su vida murió completamente ciego por culpa de una diabetes voraz y por un cáncer de garganta que lo fue devorando sin compasión durante los dos últimos años de su existencia.

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